Lecturas·Maternidad

El cuerpo sendero

Desnudo, Annemarie Heinrich

“El cuerpo es el guardián de nuestra verdad, porque lleva en su interior la experiencia de toda nuestra vida y vela por que vivamos con la verdad de nuestro organismo. Mediante síntomas, nos fuerza a admitir de manera cognitiva esta verdad para que podamos comunicarnos armoniosamente con el niño menospreciado y humillado que hay en nosotros”.

Alice Miller, El cuerpo nunca miente

Redescubrir al cuerpo, ya no como fuente de incomodidades y de eternos proyectos de optimización (ser más flaca, vestirme mejor, tener músculos, eliminar la grasa, mejorar la postura, hacer actividad física, elegir cuidadosamente los alimentos, y un largo etcétera) sino como origen de toda la verdad sobre mí misma y mi existencia como ser humano en este tiempo. Básicamente el depósito olvidado donde está todo eso que desesperadamente salimos a buscar afuera en el último libro de autoayuda, gurú, o terapeuta.

La intuición comenzó con yoga, el ritmo de las clases, la incomodidad al estirar mis músculos agarrotados, descubrir una mayor facilidad para adoptar nuevas posturas, comenzar a percibir signos en mi cuerpo que antes no estaban, o más bien, evidentemente estaban pero no los escuchaba, tan básico como “tengo sed, dame agua”, “estoy llena, no es el hambre sino ansiedad lo que me hace seguir comiendo”, “hace mucho que estoy sentada, necesito caminar un poco” o “esos zapatos son muy incómodos, mejor no usarlos más”.

Años más tarde el embarazo fue la más contundente evidencia del poder de mi cuerpo de hacer y deshacer maravillas increíbles sin que mi mente comprenda o se dé la más pálida idea de cómo estaba sucediendo lo que estaba sucediendo. Y que todos los pequeños indicios estaban ahí, si sabía escucharlos todos los supuestos malestares del embarazo se desvanecían, no había náuseas si tomaba más agua y comía liviano, no había dolor si me sentaba con una buena postura, no había pesadez si descansaba mis piernas al final del día y no abandonaba mis caminatas de siempre…

La maternidad me enseñó la ineludible contundencia de nuestra corporalidad animal, mamífera, y que la complacencia de mis deseos y los de mi hijo -una vez corrido el velo que la sociedad y la cultura ponen sobre muchos de estos anhelos- es el camino cierto a la felicidad y el goce más profundos que haya experimentado.

Pero en el cuerpo también se guardan nuestras penas. Y las marcas de la vida de cada día que es contraria a nuestros deseos: la mandíbula trabada de las veces que aprieto los dientes para no decir algo “indebido” en la oficina, las cervicales rectificadas como signo de la ansiedad que me hace querer adelantar mi cabeza -mi mente, mis pensamientos- en lugar de estar presente en lo que acontece aquí y ahora. Y tantas otras marcas de las que no tengo conciencia o para las que no tengo pistas de sus motivos… Los dolores indecibles de cuando no teníamos palabras. Las tristezas desoladoras de las que no tenemos recuerdo.  En una sociedad adultocéntrica, todos en mayor o menor medida hemos sido niños humillados o menospreciados. El cuerpo es el aliado para desandar este camino y abrir nueva brecha.

 

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