Feminismo

Desire III

Una mano aparece y tira del moño de mi vestido, deshaciendo el nudo

El roce de las cintas, la ropa que se abre, presentir un cuerpo a mis espaldas

No importa quién

Me toca y me desea

Y sé abrirme a ese deseo

 

Olvidamos que sabíamos

Perdimos el hilo de Ariadna

No recordamos que ya nos destrozó el Minotauro

Feminismo·mindfulness

Desire II

Me gusta rozar las sábanas con el empeine de los pies. Sentir la caricia del algodón y el abandono de mi cuerpo tendido boca abajo sobre la cama.

Hay algo de entrega despersonalizada en esa pose que me llama. El cuerpo dispuesto ante quien pueda presentarse, sin defensas, sin rostro, como una promesa de sexo anónimo y fugaz.

Casi siempre me masturbo boca abajo. Me gusta la presión de mi propio peso, ahogar un gemido mordiendo la almohada, apretar la frente, entregarme a sus escenas de fantasía. El orgasmo llega rápido y seguro con cualquier vibrador. Me volví cómoda. El nulo esfuerzo, la entrega, el abandono, también forman parte de lo que me seduce.

Porque es mi antídoto.

Dolce far niente.

Las imágenes y las palabras vuelven a brotar ante el silencio.

El derrotero del deseo me conduce a pleamar, la playa a la noche iluminada por la luna, repleta de los monstruos del goce prohibido.

Casi todo está prohibido.

Casi no hay tiempo para nada que no sea mantenernos con vida.

Cada momento fundamentalmente improductivo es la más preciosa perla en lo más profundo del océano.

Construir el coraje para sumergirse en su búsqueda.

En eso se va la vida.

Feminismo·Maternidad

Calisto

Antes de llegar a la oficina tuve que pasar por un control con la ginecóloga. Me habían pedido que repita una mamografía ampliada por unas formas irregulares en la mama izquierda. 

La verdad es que había subestimado el tema hasta el día mismo en que me hice el estudio. Primero estuvo la espera de más de una hora, entrar indignada y acelerada a desnudarme en un rincón helado (tan difícil es tener la habitación aclimatada?). Pararme desnuda de la cintura para arriba frente a una máquina fría y enorme, para que una mujer acomode mi teta como si fuera un paquete sobre una superficie plástica y me advierta que iba a tener que usar más presión de la normal para este estudio. Lancé un grito de dolor, mi teta aplastada al punto límite, mis pectorales no resistían el estiramiento y francamente todo se sentía como un globo a punto de explotar. Me mordí los labios para no llorar mientras la radióloga salía a verificar que la placa hubiera salido bien, pero igual “todavía faltaban mínimo dos o tres más”.

El cuerpo no puede evitar la reacción ante una agresión de este tipo, la bronca y la impotencia me invadieron y me desplomé ante la noción de que iba a tener que soportar el dolor mansamente como el animal domesticado que soy, si quería llevar los estudios de vuelta a la médica y sacarme la sombra del cáncer de la cabeza de una buena vez por todas. Pero por debajo hervía en ebullición la parte de mí segura de que no tenía nada, y todo este exceso de intervención médica, codificación y sadismo eran innecesarios. 

Ya inundada por la resignación, fue algo menos duro resistir las dos placas que siguieron. La bofetada final fue que no me entregarían el resultado en el momento, como la otra vez, ya que tenía que analizarlo la especialista en patología mamaria. 

Salí disparada del consultorio, agradeciendo que mi pareja me esperara del otro lado, que nuestro auto estuviera apenas cruzando la calle, y que iba a poder encerrarme a llorar en paz. 

Llorar sentirme violada, invadida en una de las partes más sensibles y privadas de mi cuerpo. Llorar el fantasma de la enfermedad como una espada de Damocles sobre mi cabeza por diez días más hasta que estuvieran los resultados. Llorar por pensar que algo pudiera estar mal en esa misma teta que alimentó a mi hijo 29 meses, la misma que fue la primera en tener calostro, la que siempre tenía más leche, la que solo había sido fuente de satisfacción, placer y orgullo. 

Lloré y lloré hasta desagotar la angustia y después continué con mi día como siempre, porque así es, porque no quedaba otra. Incluso pidiendo disculpas por llegar tarde a la oficina. 

Y llegó el día del turno y entrega de resultados. La médica me mostró la primera mamografía, la zona de la irregularidad (que otra vez fui incapaz de distinguir), y después la mamografía ampliada: se veía el contorno de la lupa, y dentro el tejido de mi mama izquierda, trazos de luz blanca que se cruzan sobre un fondo añil, de fondo me llegan las palabras “no se ve nada, está todo ok”, y mis ojos se quedan en la imagen, el círculo perfecto de la lupa, absortos en las líneas que se agrupan en nodos como estrellas: la cartografía planetaria de mi cuerpo, es la misma que vi hace tantos años en la enciclopedia del cosmos de mi infancia, mis tetas son las cimas congeladas de Calisto. 

Las lágrimas de la Vía Láctea, las gotas de leche de nuestras tetas; las líneas de los satélites, las tramas de nuestras mamas. 

Respirar de nuevo, juntar los estudios y dejar atrás el consultorio, el pánico, el frío, la pequeñez de mi angustia transitoria en el mapa inmenso de lo que desconozco.

 

Feminismo·Maternidad

Reapropiarnos del deseo

Es nuestro. Habitamos y creamos deseos propios, no somos mero espejo u objeto de los deseos ajenos.
En un foro de lactancia, sobre el tema del destete, leo: “hay que explicarle al niño que las tetas son del papá y ya es hora de devolverlas”. Expresado como chiste, pero no es inocente. Unas décadas atrás este era el motivo explícito por el que muchas mujeres elegían no amamantar, para “preservarlas”, “que no se arruinen” para su rol como objetos de deseo. ¿Que no se arruinen cumpliendo la función para la que existen en primer lugar? Otro más de los cuentos que nos cuentan.
Tenía 12 años cuando un desconocido en la calle me enseñó que si usaba pollera corta mi cola y mis piernas ya no me pertenecían: mostrar más piel le daba a él la autorización para tocarme. Era la primera vez que usaba minifalda, iba a clase de inglés a una cuadra de casa. No sin espanto caigo en la cuenta de que nunca más salí sola a la calle con pollera corta.
Recuerdo pensar de niña, repitiendo ecos de otras voces femeninas en mi entorno “para qué usa mini esa mujer, si ya tiene marido?”. El cuerpo femenino existe para provocar el deseo del otro. Nada puede ser para una misma.
Muestre o no muestre, la norma implícita es que solo por ser mujer y habitar el mundo habilito reacciones en los hombres de las que soy responsable. Eso te lo enseñan bien temprano la calle y las recomendaciones acerca de cómo vestirte de tus padres. A nadie se le ocurre hacerle un comentario a su hijo varón porque se puso shorts un día de mucho calor.
Si ni siquiera soy dueña de mi cuerpo para elegir qué ropa ponerme, ¿cómo podría ser dueña de mi deseo? Mi deseo le pertenece todo al hombre que yo elija o crea haber elegido como pareja. Y las revistas femeninas gastan miles de páginas en explicarme cómo adaptarme a su deseo para complacerlo.
¿Dónde queda la complacencia de mis deseos? ¿Dónde queda siquiera ser conciente de ellos, cuando habito un cuerpo cuyos genitales nadie nombra en toda mi infancia más que con confusos seudónimos?
¿Cómo adueñarse de lo que nos negaron que existía?
Feminismo·Maternidad

Carta abierta a mis amigas embarazadas

Queridas amigas, antes que nada quiero decirles lo que ya saben: su alegría es mi alegría, y celebro el milagro de un nuevo ser humano en camino a sus vidas.

Pero esta carta no es para repetirles lo que ya conocen. Esta carta es para abrir el sendero hacia charlas profundas de corazón a corazón, o quizás debiera decir de útero a útero.

La maternidad no es como nos la cuentan. Es mucho mejor y mucho peor. No hay nada en ser madre que sea tibio o color rosa. Convertirnos en madres quizás sea la experiencia más fuerte de nuestras vidas, y no llegamos preparadas para ello.

No llegamos preparadas porque nos rodean las mentiras y el silencio. Las versiones edulcoradas de la maternidad, que aparecen en los films y las publicidades, llenas de los mismos voladitos que adornan las prendas para embarazadas. Olvidamos que somos animales, olvidamos que somos mamíferos. Creemos en la ciencia, creemos en la medicina, y pensamos que un médico nos va a saber decir cómo cuidar a nuestro hijo mejor que nosotras mismas. Lo triste es que sabemos tan poco escuchar nuestro instinto luego de milenios de domesticación, que en algunas cosas puede que el médico tenga razón. Pero hay médicos de toda clase. ¿Cómo saber si vale la pena escuchar los consejos de crianza del que te tocó? (porque sí, aunque no sea un tema necesariamente médico, el pediatra de dará muchos consejos e indicaciones que son de crianza). Habrá tropezones, decepciones, angustias gratuitas. Existe un camino más fácil, el primero, antes de desentumecer el instinto: escuchar a tu hijo.

Los bebés no se andan con medias tintas. O están a gusto o no lo están. Y son más que claros al respecto. Poco importa qué diga el médico, tu mamá o la vecina, si escuchás a tu hijo llorar, todo tu cuerpo va a sentir que algo falla, y si hacés a un lado las racionalizaciones falsamente tranquilizadoras al estilo de “todos los bebés lloran”, “es su única manera de comunicarse”, “hay que dejarlo llorar”, y acudís a él, de a poco vas a aprender a observar, a descubrir sus indicios, los pequeños gestos que evidencian el hambre, el sueño, y la incomodidad antes de que exploten en un llanto desconsolado. Sí, los bebés tienen muchas otras maneras de comunicarse además del llanto, incluso de recién nacidos. Todo su cuerpo expresa su sentir. ¿Sabés qué pasa amiga? Que nuestros cuerpos también funcionan igual, pero hace tanto que dejamos de escucharlos, que necesitamos gritos de alarma para dedicarles un minuto de nuestra atención.

Cultivar la compasión y la atención amorosa con nuestros hijos nos puede conducir a cultivar la compasión y la atención amorosa con nosotras mismas. Y pocas veces precisaremos más cuidados amorosos que en el posparto. Esto casi nadie lo dice y por ello casi nadie se prepara para esto. Estamos acostumbradas a ser mujeres modernas, independientes, fuertes, que se valen por sí mismas para resolver todo. El posparto es una profunda lección de humildad y entrega para la que nada de nuestra vida adulta nos ha preparado. En la misma medida en que preveemos dedicar todo a nuestro hijo recién nacido, necesitamos una red a nuestro alrededor capaz de dedicarnos la misma atención y cuidado a nosotras mismas. No exagero. LA MISMA. Para no tener que atravesar una “depresión posparto” en la soledad de nuestros departamentos citadinos, mientras todo nuestro entorno trabaja todo el día y nosotras, por atender al bebé, cocinar, lavar y planchar no llegamos ni a pegarnos una ducha. Para que podamos entregar con amor todas nuestras energías al nuevo ser que nos necesita. Para que la profundidad de la entrega no nos desgarre el corazón. Para ser capaces de amar a nuestro hijo con toda la dicha y con nada de la desesperación.

“Mother the mother so she can nourish the child”.

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Feminismo·Maternidad·Sin categoría

El bebé es un mamífero

El bebé es un mamífero.

El bebé es inocente.

Mamífero, gestado en nuestro vientre, y al nacer, exterogestado en nuestro regazo, por nuestras mamas. Mi feminismo pre-maternal, malentendido, esperaba repartir igualitariamente tareas con mi marido -y en su defecto con quien fuese que estuviera en rol de ayudante-. Yo también quería “que esté upa de todos”, “que socialice desde chico”, “que no quede pegote a la mamá”. Por supuesto, yo también me olvidaba que el bebé es un mamífero, y que solo iba a necesitarme a mí.

TODO de mí. Todo mi cuerpo, y todo mi tiempo. (Y después entendí, que si quería disfrutarlo realmente, también iba a tener que entregar toda mi mente, mi atención plena, mi presente completo e indiviso).

Los demás no tenían que venir a intentar alzarlo, mientras él lloraba, una vez más buscando teta, ese único remanso conocido, ese único refugio, alimento y subsistencia en aquellas primeras semanas. Los demás no tenían que venir a intentar socializar con él, o separarlo de mí para que yo pueda “hacer mis cosas” -que tantas veces terminaban siendo las cosas de la casa-. Los demás tenían que venir a sostenerme a mí, mamífera, mientras exterogestaba.

El bebé es inocente. No nace tabula rasa, expectante de que lo moldeemos de acuerdo a lo que creemos que un bebé debiera ser (tranquilo, casi sin llorar, durmiendo plácidamente buena parte del día, en definitiva: un bebé cómodo y conveniente). El bebé, a diferencia de nosotros adultos, sabe lo que quiere y necesita y lo demanda. A un recién nacido no se le ocurre pedir algo que no resulte vital y necesario. Por eso cualquier variación de “dejarlo llorar hasta que se acostumbre a…” es innecesariamente cruel. ¿Se acostumbran? Sí, claro que pueden acostumbrarse a muchas cosas con tal de sobrevivir. Ahí se pone en evidencia el tipo de crianza que favorece nuestra sociedad, nuestra propia subjetividad occidental domesticada: sujeción, disciplinamiento, pérdida de autonomía y autoconfianza.

 

Feminismo·Maternidad

Basta de Baby Showers

De embarazada entendía muy poco de lo que vendría después, para mí el parto fue verdaderamente el cruce de un umbral, el paso al otro lado, y nada de lo que pude leer, conversar e imaginar respecto a la maternidad me parece hoy que tuviera mucho que ver con la realidad de este lado del espejo.

Aún así, los baby showers me resultaban algo zonzos y no quise tener uno. “Es celebrar la llegada del bebé”, me decían. Eso prefiero celebrarlo cuando el bebé efectivamente llegue, pensaba, con temores de primeriza. “Es juntarte con tus amigas a comer cosas ricas y que te den regalos”. Juntarme a comer puedo hacerlo cualquier día. Y que me den regalos quienes lo deseen, no las invitadas a un baby shower porque están obligadas por los usos y costumbres…

Eso pensaba antes y hoy pienso tanto más. Pienso que lo último que necesita una mujer embarazada es un encuentro edulcorado que celebre su maternidad inminente con juegos infantilizantes intercalados con algunas historias tétricas de los partos de las madres presentes (relatos tantas veces cargados de una total falta de conciencia de los derechos de la mujer, del recién nacido, de lo que debería ser un parto y de lo que es la violencia obstétrica). No hay nada menos preparatorio para la maternidad que una tarde de anécdotas anodinas y apertura de regalos mientras te atiborrás de cupcakes. Cuando volvés a tu casa y ves el cuarto del bebé repleto de bolsas y chucherías, te enceguece la bovina tranquilidad de que “ahora estoy preparada para recibirlo de la mejor manera”. Si eso nos es comerse el verso de la sociedad de consumo, qué más?

Lo que tu hijo recién nacido necesita no está ni por asomo adentro de esas bolsitas perfumadas con las falsas promesas de la publicidad. Lo que tu hijo necesita sólo se lo vas a poder dar vos, con cada minuto de tus días y con cada milímetro de tu cuerpo. Con un nivel de entrega y dedicación, y con una necesidad de contención por parte de tu entorno, para los que muy mal nos prepara toda nuestra historia previa de mujeres occidentales, posmodernas, cosmopolitas e individualistas. Y descubrir todo esto sola, a contra corriente de lo que te decían que era la maternidad, y de lo que muchas veces te dirán los médicos, familiares y amigos -mientras un bebé diminuto llora en tus brazos y no sabés por qué- es muy duro.

Podemos generar otros espacios. Hablar honestamente con nuestras amigas, hermanas, tías, primas, abuelas y sobrinas que son o van a ser madres. Establecer lazos de sororidad. Las mujeres nos merecemos una ceremonia de preparación para la maternidad mucho más digna que esta. Mientras tanto, basta de baby showers.