Feminismo·Maternidad

Calisto

Antes de llegar a la oficina tuve que pasar por un control con la ginecóloga. Me habían pedido que repita una mamografía ampliada por unas formas irregulares en la mama izquierda. 

La verdad es que había subestimado el tema hasta el día mismo en que me hice el estudio. Primero estuvo la espera de más de una hora, entrar indignada y acelerada a desnudarme en un rincón helado (tan difícil es tener la habitación aclimatada?). Pararme desnuda de la cintura para arriba frente a una máquina fría y enorme, para que una mujer acomode mi teta como si fuera un paquete sobre una superficie plástica y me advierta que iba a tener que usar más presión de la normal para este estudio. Lancé un grito de dolor, mi teta aplastada al punto límite, mis pectorales no resistían el estiramiento y francamente todo se sentía como un globo a punto de explotar. Me mordí los labios para no llorar mientras la radióloga salía a verificar que la placa hubiera salido bien, pero igual “todavía faltaban mínimo dos o tres más”.

El cuerpo no puede evitar la reacción ante una agresión de este tipo, la bronca y la impotencia me invadieron y me desplomé ante la noción de que iba a tener que soportar el dolor mansamente como el animal domesticado que soy, si quería llevar los estudios de vuelta a la médica y sacarme la sombra del cáncer de la cabeza de una buena vez por todas. Pero por debajo hervía en ebullición la parte de mí segura de que no tenía nada, y todo este exceso de intervención médica, codificación y sadismo eran innecesarios. 

Ya inundada por la resignación, fue algo menos duro resistir las dos placas que siguieron. La bofetada final fue que no me entregarían el resultado en el momento, como la otra vez, ya que tenía que analizarlo la especialista en patología mamaria. 

Salí disparada del consultorio, agradeciendo que mi pareja me esperara del otro lado, que nuestro auto estuviera apenas cruzando la calle, y que iba a poder encerrarme a llorar en paz. 

Llorar sentirme violada, invadida en una de las partes más sensibles y privadas de mi cuerpo. Llorar el fantasma de la enfermedad como una espada de Damocles sobre mi cabeza por diez días más hasta que estuvieran los resultados. Llorar por pensar que algo pudiera estar mal en esa misma teta que alimentó a mi hijo 29 meses, la misma que fue la primera en tener calostro, la que siempre tenía más leche, la que solo había sido fuente de satisfacción, placer y orgullo. 

Lloré y lloré hasta desagotar la angustia y después continué con mi día como siempre, porque así es, porque no quedaba otra. Incluso pidiendo disculpas por llegar tarde a la oficina. 

Y llegó el día del turno y entrega de resultados. La médica me mostró la primera mamografía, la zona de la irregularidad (que otra vez fui incapaz de distinguir), y después la mamografía ampliada: se veía el contorno de la lupa, y dentro el tejido de mi mama izquierda, trazos de luz blanca que se cruzan sobre un fondo añil, de fondo me llegan las palabras “no se ve nada, está todo ok”, y mis ojos se quedan en la imagen, el círculo perfecto de la lupa, absortos en las líneas que se agrupan en nodos como estrellas: la cartografía planetaria de mi cuerpo, es la misma que vi hace tantos años en la enciclopedia del cosmos de mi infancia, mis tetas son las cimas congeladas de Calisto. 

Las lágrimas de la Vía Láctea, las gotas de leche de nuestras tetas; las líneas de los satélites, las tramas de nuestras mamas. 

Respirar de nuevo, juntar los estudios y dejar atrás el consultorio, el pánico, el frío, la pequeñez de mi angustia transitoria en el mapa inmenso de lo que desconozco.