Feminismo·Maternidad

Carta abierta a mis amigas embarazadas

Queridas amigas, antes que nada quiero decirles lo que ya saben: su alegría es mi alegría, y celebro el milagro de un nuevo ser humano en camino a sus vidas.

Pero esta carta no es para repetirles lo que ya conocen. Esta carta es para abrir el sendero hacia charlas profundas de corazón a corazón, o quizás debiera decir de útero a útero.

La maternidad no es como nos la cuentan. Es mucho mejor y mucho peor. No hay nada en ser madre que sea tibio o color rosa. Convertirnos en madres quizás sea la experiencia más fuerte de nuestras vidas, y no llegamos preparadas para ello.

No llegamos preparadas porque nos rodean las mentiras y el silencio. Las versiones edulcoradas de la maternidad, que aparecen en los films y las publicidades, llenas de los mismos voladitos que adornan las prendas para embarazadas. Olvidamos que somos animales, olvidamos que somos mamíferos. Creemos en la ciencia, creemos en la medicina, y pensamos que un médico nos va a saber decir cómo cuidar a nuestro hijo mejor que nosotras mismas. Lo triste es que sabemos tan poco escuchar nuestro instinto luego de milenios de domesticación, que en algunas cosas puede que el médico tenga razón. Pero hay médicos de toda clase. ¿Cómo saber si vale la pena escuchar los consejos de crianza del que te tocó? (porque sí, aunque no sea un tema necesariamente médico, el pediatra de dará muchos consejos e indicaciones que son de crianza). Habrá tropezones, decepciones, angustias gratuitas. Existe un camino más fácil, el primero, antes de desentumecer el instinto: escuchar a tu hijo.

Los bebés no se andan con medias tintas. O están a gusto o no lo están. Y son más que claros al respecto. Poco importa qué diga el médico, tu mamá o la vecina, si escuchás a tu hijo llorar, todo tu cuerpo va a sentir que algo falla, y si hacés a un lado las racionalizaciones falsamente tranquilizadoras al estilo de “todos los bebés lloran”, “es su única manera de comunicarse”, “hay que dejarlo llorar”, y acudís a él, de a poco vas a aprender a observar, a descubrir sus indicios, los pequeños gestos que evidencian el hambre, el sueño, y la incomodidad antes de que exploten en un llanto desconsolado. Sí, los bebés tienen muchas otras maneras de comunicarse además del llanto, incluso de recién nacidos. Todo su cuerpo expresa su sentir. ¿Sabés qué pasa amiga? Que nuestros cuerpos también funcionan igual, pero hace tanto que dejamos de escucharlos, que necesitamos gritos de alarma para dedicarles un minuto de nuestra atención.

Cultivar la compasión y la atención amorosa con nuestros hijos nos puede conducir a cultivar la compasión y la atención amorosa con nosotras mismas. Y pocas veces precisaremos más cuidados amorosos que en el posparto. Esto casi nadie lo dice y por ello casi nadie se prepara para esto. Estamos acostumbradas a ser mujeres modernas, independientes, fuertes, que se valen por sí mismas para resolver todo. El posparto es una profunda lección de humildad y entrega para la que nada de nuestra vida adulta nos ha preparado. En la misma medida en que preveemos dedicar todo a nuestro hijo recién nacido, necesitamos una red a nuestro alrededor capaz de dedicarnos la misma atención y cuidado a nosotras mismas. No exagero. LA MISMA. Para no tener que atravesar una “depresión posparto” en la soledad de nuestros departamentos citadinos, mientras todo nuestro entorno trabaja todo el día y nosotras, por atender al bebé, cocinar, lavar y planchar no llegamos ni a pegarnos una ducha. Para que podamos entregar con amor todas nuestras energías al nuevo ser que nos necesita. Para que la profundidad de la entrega no nos desgarre el corazón. Para ser capaces de amar a nuestro hijo con toda la dicha y con nada de la desesperación.

“Mother the mother so she can nourish the child”.

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