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Vacaciones

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Con el paso de los días nos vamos sincronizando con el entorno… La contemplación de paisajes, álamos, picos nevados, todo ayuda, todo suma, todo regocija.

La “gracia”, el aprendizaje detrás de las vacaciones de aventura, es justamente poder y saber alzarse sobre la adversidad, en ello reside todo su objetivo, su placer, su descubrimiento: soy yo sin mis ropas, mis comodidades, mis salidas, mis comidas; soy yo sin mis entretenimientos, mis distracciones, mis evasiones. Soy yo por encima y por debajo de todo lo que creo que soy.

Hay algo más grande que me trasciende y me define, ese mismo algo que me dice: podrías ser quien sea y donde sea. Creo que esa es la verdadera libertad.

Feminismo·Maternidad

Carta abierta a mis amigas embarazadas

Queridas amigas, antes que nada quiero decirles lo que ya saben: su alegría es mi alegría, y celebro el milagro de un nuevo ser humano en camino a sus vidas.

Pero esta carta no es para repetirles lo que ya conocen. Esta carta es para abrir el sendero hacia charlas profundas de corazón a corazón, o quizás debiera decir de útero a útero.

La maternidad no es como nos la cuentan. Es mucho mejor y mucho peor. No hay nada en ser madre que sea tibio o color rosa. Convertirnos en madres quizás sea la experiencia más fuerte de nuestras vidas, y no llegamos preparadas para ello.

No llegamos preparadas porque nos rodean las mentiras y el silencio. Las versiones edulcoradas de la maternidad, que aparecen en los films y las publicidades, llenas de los mismos voladitos que adornan las prendas para embarazadas. Olvidamos que somos animales, olvidamos que somos mamíferos. Creemos en la ciencia, creemos en la medicina, y pensamos que un médico nos va a saber decir cómo cuidar a nuestro hijo mejor que nosotras mismas. Lo triste es que sabemos tan poco escuchar nuestro instinto luego de milenios de domesticación, que en algunas cosas puede que el médico tenga razón. Pero hay médicos de toda clase. ¿Cómo saber si vale la pena escuchar los consejos de crianza del que te tocó? (porque sí, aunque no sea un tema necesariamente médico, el pediatra de dará muchos consejos e indicaciones que son de crianza). Habrá tropezones, decepciones, angustias gratuitas. Existe un camino más fácil, el primero, antes de desentumecer el instinto: escuchar a tu hijo.

Los bebés no se andan con medias tintas. O están a gusto o no lo están. Y son más que claros al respecto. Poco importa qué diga el médico, tu mamá o la vecina, si escuchás a tu hijo llorar, todo tu cuerpo va a sentir que algo falla, y si hacés a un lado las racionalizaciones falsamente tranquilizadoras al estilo de “todos los bebés lloran”, “es su única manera de comunicarse”, “hay que dejarlo llorar”, y acudís a él, de a poco vas a aprender a observar, a descubrir sus indicios, los pequeños gestos que evidencian el hambre, el sueño, y la incomodidad antes de que exploten en un llanto desconsolado. Sí, los bebés tienen muchas otras maneras de comunicarse además del llanto, incluso de recién nacidos. Todo su cuerpo expresa su sentir. ¿Sabés qué pasa amiga? Que nuestros cuerpos también funcionan igual, pero hace tanto que dejamos de escucharlos, que necesitamos gritos de alarma para dedicarles un minuto de nuestra atención.

Cultivar la compasión y la atención amorosa con nuestros hijos nos puede conducir a cultivar la compasión y la atención amorosa con nosotras mismas. Y pocas veces precisaremos más cuidados amorosos que en el posparto. Esto casi nadie lo dice y por ello casi nadie se prepara para esto. Estamos acostumbradas a ser mujeres modernas, independientes, fuertes, que se valen por sí mismas para resolver todo. El posparto es una profunda lección de humildad y entrega para la que nada de nuestra vida adulta nos ha preparado. En la misma medida en que preveemos dedicar todo a nuestro hijo recién nacido, necesitamos una red a nuestro alrededor capaz de dedicarnos la misma atención y cuidado a nosotras mismas. No exagero. LA MISMA. Para no tener que atravesar una “depresión posparto” en la soledad de nuestros departamentos citadinos, mientras todo nuestro entorno trabaja todo el día y nosotras, por atender al bebé, cocinar, lavar y planchar no llegamos ni a pegarnos una ducha. Para que podamos entregar con amor todas nuestras energías al nuevo ser que nos necesita. Para que la profundidad de la entrega no nos desgarre el corazón. Para ser capaces de amar a nuestro hijo con toda la dicha y con nada de la desesperación.

“Mother the mother so she can nourish the child”.

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Lecturas·Maternidad

El cuerpo sendero

Desnudo, Annemarie Heinrich

“El cuerpo es el guardián de nuestra verdad, porque lleva en su interior la experiencia de toda nuestra vida y vela por que vivamos con la verdad de nuestro organismo. Mediante síntomas, nos fuerza a admitir de manera cognitiva esta verdad para que podamos comunicarnos armoniosamente con el niño menospreciado y humillado que hay en nosotros”.

Alice Miller, El cuerpo nunca miente

Redescubrir al cuerpo, ya no como fuente de incomodidades y de eternos proyectos de optimización (ser más flaca, vestirme mejor, tener músculos, eliminar la grasa, mejorar la postura, hacer actividad física, elegir cuidadosamente los alimentos, y un largo etcétera) sino como origen de toda la verdad sobre mí misma y mi existencia como ser humano en este tiempo. Básicamente el depósito olvidado donde está todo eso que desesperadamente salimos a buscar afuera en el último libro de autoayuda, gurú, o terapeuta.

La intuición comenzó con yoga, el ritmo de las clases, la incomodidad al estirar mis músculos agarrotados, descubrir una mayor facilidad para adoptar nuevas posturas, comenzar a percibir signos en mi cuerpo que antes no estaban, o más bien, evidentemente estaban pero no los escuchaba, tan básico como “tengo sed, dame agua”, “estoy llena, no es el hambre sino ansiedad lo que me hace seguir comiendo”, “hace mucho que estoy sentada, necesito caminar un poco” o “esos zapatos son muy incómodos, mejor no usarlos más”.

Años más tarde el embarazo fue la más contundente evidencia del poder de mi cuerpo de hacer y deshacer maravillas increíbles sin que mi mente comprenda o se dé la más pálida idea de cómo estaba sucediendo lo que estaba sucediendo. Y que todos los pequeños indicios estaban ahí, si sabía escucharlos todos los supuestos malestares del embarazo se desvanecían, no había náuseas si tomaba más agua y comía liviano, no había dolor si me sentaba con una buena postura, no había pesadez si descansaba mis piernas al final del día y no abandonaba mis caminatas de siempre…

La maternidad me enseñó la ineludible contundencia de nuestra corporalidad animal, mamífera, y que la complacencia de mis deseos y los de mi hijo -una vez corrido el velo que la sociedad y la cultura ponen sobre muchos de estos anhelos- es el camino cierto a la felicidad y el goce más profundos que haya experimentado.

Pero en el cuerpo también se guardan nuestras penas. Y las marcas de la vida de cada día que es contraria a nuestros deseos: la mandíbula trabada de las veces que aprieto los dientes para no decir algo “indebido” en la oficina, las cervicales rectificadas como signo de la ansiedad que me hace querer adelantar mi cabeza -mi mente, mis pensamientos- en lugar de estar presente en lo que acontece aquí y ahora. Y tantas otras marcas de las que no tengo conciencia o para las que no tengo pistas de sus motivos… Los dolores indecibles de cuando no teníamos palabras. Las tristezas desoladoras de las que no tenemos recuerdo.  En una sociedad adultocéntrica, todos en mayor o menor medida hemos sido niños humillados o menospreciados. El cuerpo es el aliado para desandar este camino y abrir nueva brecha.